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Hoy como nunca antes, nuestras sociedades parecen haber elegido “tener” en vez de “ser”. En una carrera que no parece llevar a ninguna parte, esa elección nos impone ritmos de vida donde continuamente miramos hacia el exterior. Vivimos inmersas en una vorágine en donde se prioriza únicamente el correr para tener.

Adquirimos cosas y cosas, casi sin disfrutar de ellas. Muchas veces lo hacemos para mitigar nuestra angustia existencial, para llenar vacios, sin alimentar con ello nuestro espíritu y obteniendo una mera sensación de exigua felicidad.

Para poder correr esta carrera debemos olvidarnos de nuestro ser, de nuestra capacidad para aprender de nosotras mismas y de los demás. Nos volvemos opacas a la percepción de la belleza que nos rodea y vivimos angustiadas pues a tal ritmo nos es imposible mirar más allá de nuestra nariz.

Muchas veces pasa que nos cruzamos con esas personas iluminadas, que van más lento y ven en su interior…y no las registramos, justamente porque estamos ciegos por el ritmo que llevamos: ¡vamos corriendo a todas partes!

¿Alguna vez te detuviste a pensar cómo se sentiría ir más despacio?

Mi experiencia de vida me enseño que al ir más pausado los momentos de la vida se disfrutan con mucho mayor intensidad, el complacernos con lo que hacemos, el dedicar tiempo a una misma, hacer durar los momentos de placer, disfrutar de las maravillas que acontecen a toda hora a nuestro alrededor, pensar y sentir antes de hablar, ponernos en el lugar del otro para no herir con la lengua, contemplarnos hacia adentro con una gota de comprensión y de amor, con los ojos cerrados, en silencio, escuchando lo que nos dice nuestro corazón.

La vida actual, sin esos oasis de paz interior, es una maratón permanente donde no hay tiempo para disfrutar de lo hecho y de planificar gozosamente lo por hacer. Vivir ciegos hacia nuestro mundo interior, en una carrera por las meras apariencias, termina invadiendo todo con niveles de stress que tarde o temprano nos enferman física y espiritualmente.

Sin embargo todas tenemos a la mano la posibilidad de “darnos cuenta” que se puede vivir y disfrutar del mundo de una forma distinta a esa loca carrera sin destino, dejando con ello una huella de amor, alegría, sabiduría, estima, solidaridad y belleza.

¿Te has preguntado cuántas veces a la semana te dedicas a alimentar tu alma?  ¿Cuántas veces miras hacia adentro y reflexionas sobre ti misma disfrutando de aprender de los hechos de tu vida?

Te invito a que reflexiones, a detenerte para “mirar hacia adentro”, a desterrar esa frase cotidiana: “no tengo tiempo”.  A permitirte disfrutar de vos.

Comienza desde hoy, un poquito todos los días para deleitarte llenado el cuenco de tu alma, con pequeñas cosas, en pequeños gestos. ¡Sonríe y sonríete que es tan lindo! Si lo logras, en poco tiempo tu corazón comenzará a resplandecer con esa alegría contagiosa que quizás haga que todos a tu alrededor comiencen también a BRILLAR.

¡Besos de corazones!

¡A brillar!

María Eugenia Kurlat